Cerró los ojos y se quedó en silencio un rato, degustando el amargo del café que sostenía entre las manos y sintiendo cómo se mezclaba con el aroma a incienso de la habitación.Pensó en las salidas, y llegó a la conclusión de que, de haberlas encontrado, no estaría tumbada al lado de ese bote de pastillas… Porque le dolía la cabeza. Le dolía porque su conciencia le recriminaba cada paso en diferido, cuando ya era demasiado tarde para corregirse y aprender la lección al mismo tiempo.
“Venga, sabes quién puede venir a salvarte… Salta por la ventana, valiente”
Pero callaba porque sus palabras podrían llegar a estropear los silencios; el vocabulario oculto y los nombres dichos en clave. Porque una maleta sí puede comerse tu galleta… Así es como un simple utensilio de viaje te arruina la existencia.
Merecía tanto la pena gritar, cambiar las galletas por confesiones, ajustar la retransmisión al directo y guardar la maleta para que viajara tan sólo hacia donde ella fuera que se dio cuenta: Si saltaba se partiría, se rompería en trocitos muy pequeños y ya sería demasiado difícil recomponerla de nuevo. ¿Por qué iba alguien a salvar a semejante coso, si encima no le queda ni una pizca de crujiente dulzura que arrancar? Porque se la habían robado entera, o había sido el tiempo el encargado de poco a poco silenciarla, cerrarle los ojos y acabar con ella. Buen momento para escribir una historia sobre alguien en el mismo cuadro de patetismo que se dedique a esconder palabras e ideas, para que luego venga otra persona y empiece a jugar con ella[s].
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